By Ps. Ramon Polanco

Ningún ser humano ha vivido jamás el día de mañana, y sin embargo el alma puede habitarlo por anticipado, semanas o meses antes de que llegue, construyendo allí conversaciones difíciles, diagnósticos médicos o escenarios de escasez que tal vez nunca ocurran. Esa capacidad de la mente para proyectarse sobre un territorio que todavía no existe convierte el futuro en el escenario predilecto de la ansiedad: en una mente caída y limitada, la imaginación tiende a poblarlo de pérdida, enfermedad y fracaso, hasta dejar al creyente cautivo de un tiempo que solo Dios conoce con certeza.

Son muchos los creyentes que atraviesan temporadas de ansiedad, no tanto por lo que ya sucedió, sino por lo que todavía no ha sucedido. Edward Welch, consejero bíblico durante décadas en la Christian Counseling & Educational Foundation, dedica capítulos enteros de su libro Running Scared: Fear, Worry, and the God of Rest a mostrar que buena parte de ese temor humano gira, una y otra vez, alrededor de un mismo puñado de preocupaciones: la provisión material, el juicio o el rechazo de otras personas, y la amenaza de la muerte, el dolor o el juicio venidero. <cite index="13-16,13-17,13-18,13-19">Welch dedica varios capítulos a las preocupaciones sobre finanzas y posesiones, otros al temor al rechazo de los demás, y finalmente aborda el temor a la muerte, el dolor y el juicio</cite>. Esta clasificación confirma que la ansiedad por el futuro no es un problema periférico, sino uno de los focos más constantes de la vida cristiana. El peso de esa incertidumbre puede resultar aplastante. Sin embargo, el Señor Jesucristo mismo abordó esta condición humana cuando enseñó:

"Así que no se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus propios problemas" (Mateo 6:34, NBLA).

1. El mandamiento de Filipenses 4 viene con un camino concreto para obedecerlo

El apóstol Pablo, escribiendo desde una prisión romana, sin certeza alguna sobre su propio futuro terrenal, entregó a la iglesia de Filipos una de las instrucciones más claras de todo el Nuevo Testamento sobre la ansiedad:

"Por nada estén afanosos, sino que en todo, mediante oración y súplica, con acción de gracias, presenten sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús" (Filipenses 4:6-7, NBLA).

Es notable que Pablo no dice "no estén afanosos por nada grave" sino "por nada". Esto incluye el futuro laboral, la salud, los hijos, las finanzas y toda incertidumbre que enfrentas. El mandamiento viene acompañado de un camino concreto: la oración, la súplica y la acción de gracias. Pablo no ordena simplemente "dejen de preocuparse", sino que provee un reemplazo activo: el intercambio constante de tus temores por peticiones delante del trono de la gracia. La acción de gracias es el reconocimiento de que Dios ya ha sido fiel, tal como el salmista recuerda: "Aquel que fue tu ayuda desde tu juventud" (Salmo 71:17, NBLA, paráfrasis contextual). El pastor y consejero bíblico Paul Tautges, en su devocional Anxiety: Knowing God's Peace, traduce este mismo principio en una disciplina concreta y repetible: dedicar minutos cada día a escribir, en un diario, tanto los pensamientos ansiosos como las evidencias tangibles de la fidelidad pasada de Dios. <cite index="46-7">Los ejercicios que propone incluyen prácticas espirituales básicas como el diario, la autoevaluación y las listas de gratitud</cite>. Ese ejercicio de journaling y listas de gratitud no reemplaza la oración, pero le da manos, convirtiendo la acción de gracias en un hábito entrenado y no en un sentimiento esporádico.

2. Esta promesa tiene raíces profundas en toda la Escritura

Esta misma dinámica aparece en otros pasajes bíblicos. David escribió: "Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sostendrá; no permitirá jamás que el justo sea sacudido" (Salmo 55:22, NBLA). Por su parte, el profeta Isaías conecta directamente la paz con la fijación de la mente en Dios:

"Tú guardarás en perfecta paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti confía" (Isaías 26:3, NBLA).

La paz no es un estado pasivo, sino el fruto de una mente activamente vuelta hacia Dios en confianza. El apóstol Pedro complementa esto exhortándote a echar toda tu ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ti (1 Pedro 5:7, NBLA). La imagen del "echar" sugiere un acto deliberado y repetido; la ansiedad por el futuro se resuelve con una disciplina espiritual sostenida de entrega diaria.

3. La paz prometida no depende de que tus circunstancias se aclaren

La paz que sobrepasa todo entendimiento actúa como centinela, guardando tu corazón y tu mente. Esta paz no depende de que las circunstancias futuras se aclaren, sino de tu relación con Cristo Jesús. Es una paz sobrenatural, no derivada del análisis racional, sino del descanso confiado en el carácter de Dios.

"La paz les dejo, mi paz les doy; yo no se la doy a ustedes como el mundo la da. No se turbe su corazón, ni tenga miedo" (Juan 14:27, NBLA).

Esta paz es una herencia del creyente en Cristo, no un logro personal. El mundo ofrece paz condicionada a que todo salga bien o a que tengas control; la paz de Cristo permanece incluso cuando el futuro se presenta oscuro e incierto. Un testimonio elocuente de esta verdad es el de Nancy Guthrie, autora de Holding On to Hope: A Pathway through Suffering to the Heart of God. <cite index="73-1,73-5,73-6">A finales de 1998 los médicos diagnosticaron a su hija recién nacida, Hope, con el síndrome de Zellweger y le dieron menos de seis meses de vida; un año y medio después, un segundo hijo suyo, Gabriel, resultó tener la misma enfermedad y vivió apenas un día menos de seis meses</cite>. En medio de ese futuro que ningún padre desearía enfrentar, la propia Guthrie relata que Dios seguía obrando incluso en medio del dolor más incomprensible. <cite index="23-4">Y en medio de ese dolor incalculable, Dios estaba obrando</cite>. Su historia no elimina el dolor ni responde todas las preguntas, pero confirma que la paz de Cristo puede sostener a un creyente incluso cuando las circunstancias objetivas siguen siendo oscuras e inciertas.

4. La confianza en la provisión de Dios es el fundamento de esta paz

Puedes obedecer este mandamiento porque tienes la certeza de que Dios provee. Pablo escribe: "Y mi Dios proveerá a todas sus necesidades conforme a Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Filipenses 4:19, NBLA). Esta promesa garantiza la suficiencia constante de Dios en medio de la dificultad. El futuro incierto para ti nunca lo es para Dios, quien sostiene todas las cosas con su Palabra poderosa (Hebreos 1:3).

La confianza bíblica no es optimismo ciego, sino un acto de voluntad fundamentado en quien es Dios. Salomón exhorta: "Confía en el Señor de todo corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas" (Proverbios 3:5-6, NBLA). Descansa en que Dios es bueno y su provisión nunca falla, incluso cuando toma formas que no anticipaste.

5. Necesitas corregir dos malentendidos comunes sobre la ansiedad y la fe

Primero, no pienses que "preocuparme significa que no tengo suficiente fe". Sentir el impulso inicial de temor ante lo desconocido no es pecado; el pecado ocurre cuando ese temor se convierte en la brújula que gobierna tus decisiones. El propio Edward Welch, autor de Running Scared, sostiene que reducir el temor a una simple etiqueta de pecado resulta pastoralmente incompleto, porque Dios se dirige a los temerosos desde un corazón de amor paternal y no únicamente desde la exigencia de una orden judicial. <cite index="62-6,62-7,62-11">Afirmar sin más que el temor es pecado no es la intención del texto bíblico, sino que las palabras de Dios hacia los temerosos provienen de un corazón de amor paternal</cite>. Incluso Josué, un hombre de gran fe, necesitó el mandato divino: "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente. No temas ni desmayes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas" (Josué 1:9, NBLA). El mandamiento presupone que el temor es una tentación verdadera.

Segundo, no creas que "ya oré una vez, así que debería sentir paz permanentemente". La vida de fe requiere un patrón continuo de dependencia. Cuando la ansiedad regresa, es una invitación a la disciplina de la entrega. Santiago te recuerda: "Y si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que la pida a Dios, quien da a todos generosamente y sin reproche, y le será dada" (Santiago 1:5, NBLA). La repetición es el ritmo normal de la vida cristiana.

6. Traduce estas verdades en disciplinas concretas

Traduce la verdad bíblica en hábitos que fortalezcan tu caminar. Edward Welch estructuró este mismo proceso en pasos observables en su guía When I Am Afraid: A Step-by-Step Guide Away from Fear and Anxiety, un devocional interactivo pensado tanto para el estudio personal como para grupos pequeños, que aplica semana a semana los principios de Running Scared mediante preguntas de reflexión y espacios para registrar por escrito los propios avances. <cite index="60-3,60-4">Esta guía explica y aplica los conceptos del libro Running Scared en el formato de un devocional interactivo dividido en siete meditaciones semanales, con espacio para que los participantes registren sus respuestas</cite>. Siguiendo ese mismo espíritu progresivo, identifica el pensamiento ansioso apenas surja y nómbralo específicamente delante de Dios. Convierte cada preocupación en una petición concreta y acompáñala con acción de gracias recordando la fidelidad pasada de Dios. Memoriza pasajes como Isaías 26:3 y Filipenses 4:6-7, busca una comunidad de fe para compartir tus cargas, y repite este proceso diariamente. La entrega de la ansiedad es un ejercicio constante, no un logro único.

El objetivo final es transformar tus pensamientos sobre el futuro en oportunidades para acercarte a Dios con confianza filial. Aunque el mañana siga siendo incierto para ti, nunca estará fuera del control soberano y amoroso de tu Padre celestial. En esa certeza, incluso cuando todo lo demás se tambalea, puedes encontrar descanso verdadero.

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